viernes, 16 de febrero de 2018

El humanismo de la Época Moderna.

Manuales de perfectos cortesanos, tratados acerca de cómo ser hábiles en el trato social, textos acerca de cómo mandar o de cómo mantener el poder, capítulos dedicados a admirar lo prudentes que eran los griegos y los romanos y lo bien que se cuidaban, no como el hombre que se desprecia a sí mismo, sino como hombres de verdad, capaces de seguir la luz filosófica, con sano orgullo, como decía Aristóteles, en busca de la de legítima felicidad, o, como aconsejaba Epicuro, cultivando el jardín propio, la vida que uno tiene: todo esto iba dando una cierta imagen de una época que después los historiadores llamarán Renacimiento, en la que el pensar filosófico, según dicen los textos autorizados, gustaba ahora de fijarse en lo humano. Acerca de lo humano hay tanto que decir que el mundo es como si se abriera de nuevo ante las posibilidades que las letras ofrecen. El europeo de los siglos XV, XVI y XVII imagina su potencia creadora en clave de letras escritas. No hay foros democráticos, no hay una sociedad que se autodeclare amante de la libertad de los ciudadanos como colectivo y a la vez de estos uno por uno cada uno de ellos con derecho a ser feliz y libre; queda, sin embargo, el mundo de los libros. Allí la imaginación tiene su lugar, su venganza y su peculiar libertad. Los pensadores de esta época lanzan en muchas direcciones sus dardos. Cuando a principios del siglo XVII Descartes escribe sus reglas para dirigir bien al sujeto, comienza afirmando que pensar y entender el objeto es valioso por lo que el objeto nos revela, pero sobre todo lo es porque hace mejor al sujeto: lo hace más inteligente, más capaz para vivir y para ser libre. En ese texto, Descartes aún no designa al sujeto como "sujeto" ni al objeto como "objeto", es un texto que precede al que luego le hará tan célebre, ese discursillo acerca del método en el que declara el derecho del "yo" a su libertad, un derecho que se ha ganado con justicia ontológica, pues es el sujeto y solamente el sujeto quien tiene conciencia de la realidad; así que en las Reglas para dirigir al sujeto, aunque aún no lo denomina "sujeto", inserta ese "descubrimiento". Se trata, desde luego, de un modo de resumir más de dos siglos de pensamiento humanista (más o menos desde la mitad del siglo XIV hasta el siglo XVI). Descartes, como hijo de su tiempo, logra una prosa elegante que reúne en pocas palabras cientos de ambiciones. De una sola tacada la luz enseña un mundo en el que ahí está la ciencia, ahí está el hombre luchando por liberarse, ahí están las costumbres morales y ahí están los peligros, los errores y las memeces. -- Erasmo de Rotterdam, Francis Bacon y otros habían pensado hábilmente acerca de las memeces humanas y del derecho precisamente humano que cada hombre tiene de llegar ser lo que realmente es. La filosofía había declarado la guerra sin que se notara demasiado a la sociedad que durante siglos había llenado de mierda, de miseria y de moralina represora a los habitantes de la cristiandad. No es, pues, de extrañar que los tribunales inquisitoriales tuvieran la sensación de que algo terrible se le venía encima a la Iglesia; de ahí que, con cualquier pretexto condenaran a algún sabio por afirmar alguna cosa acerca de cualquier cosa. El sistema se estaba rompiendo en varios puntos: 1) con la imprenta, los monjes perdían el monopolio de la difusión de libros; 2) el desarrollo de la filología universitaria se desligaba cada vez más de los argumentos de autoridad escolásticos; 3) la concepción del universo se convertía en tema científico y le daba como tal mil vueltas a la pobre e infantil mitología religiosa; 4) los artistas plásticos se ponían a estudiar: ya no valía cualquier cosa para representar la realidad, sino que había que saberla representar y, para ello, estudiar era imprescindible, estudiar, o sea, no ponerse a rezar; 5) retornaba, freudianamente, lo reprimido: fragmentos y textos de Epicuro, de los estoicos, de los escépticos, e incluso textos de Platón y Aristóteles que no encajaban en el sistema tomista, textos que abrían la mente a una realidad desconocida o demonizada por la Iglesia; 6) una nueva ciencia política se abría paso bajo la protección de monarquías cada vez más fuertes frente a las noblezas guerreras y eclesiásticas, vistas ahora como elementos de dispersión (Maquiavelo es el más famosos teórico a este respecto); 7) dentro de la Iglesia cobraban poder los críticos que pretendían sanearla y destruir sus ínfulas diabólicas, es decir, colocarla en un lugar más modesto y a la vez más eficaz: poner la fuerza determinante de la moral en la conciencia individual (Lutero); 8) el mundo musulmán era evidente que había ido perdiendo poder en relación con la cristiandad occidental: crecían las ambiciones para buscar rutas comerciales que hasta ahora únicamente conocían los árabes, crecían ambiciones para conquistar territorios nuevos y a la vez crecían las ambiciones por dominar lo terrenal y usufructuar sus placeres. --- Fue Nietzsche quien, siglos más tarde, se dio cuenta de lo mucho que se jugaba la cultura occidental en esas ambiciones. Pero antes que él, Spinoza, un brillante lector de Descartes, aseguraba que eso del bien es aquello que contribuye a aumentar la potencia del ser. Spinoza, a mediados del siglo XVII, se convertía en un enemigo más para la Iglesia. El humanismo entero parecía una enorme reflexión acerca de la idea de "filautía", usada por Aristóteles cuatro siglos antes de Cristo. La potencia del humanismo se prolongará más allá del siglo XVII llegando hasta nuestros días.