viernes, 30 de junio de 2023
Blaise Pascal
Pascal huye de la autocomplacencia del "cogito" y lamenta que Descartes haya construido una filosofía que prescinde de Dios pero que luego lo usa como a una pieza funcional. Lo importante no está en esa funcionalidad de la máquina creadora de certezas a prueba de dudas pirrónicas. Tantas razones, tanta ciencia secretamente luchando para qué. Lo importante es que vivimos empeñándonos en ser felices y no siéndolo. Sólo el cristianismo nos ha dicho la verdad: nacemos siendo pecadores. Al volvernos a contemplar este abismo, recordamos que somos criaturas agujereadas por las necesidades. Seres menesterosos haciendo razonamientos deshaciéndonos.
martes, 26 de febrero de 2019
Independencia y seguridad: del Renacimiento al Barroco.
Desde una perspectiva marxista, es ingenuo mirar a ver en qué han estado pensando los filósofos sin de paso ver en qué sociedad han vivido. Esto no significa que el mundo de las ideas sea solamente un espejo del mundo de la realidad social, pero sí quiere decir que las ideas carecen de sentido en muy buena medida si no se sitúan en su contexto. El momento que marca el avance desde el siglo XVI hacia el XVII quiere ser entendido, desde este punto de vista tan sociológico, como una prueba evidente al respecto. Las ideas filosóficas se presentan como correlatos conceptuales de un mundo peligroso e incierto, en el que la burguesía se abre paso. Hay que hacer negocios y confiar en lo que hace más independiente a los individuos: la empresa, el dinero, las aventuras, los viajes y la experiencia. Eso de saber no es, no tiene por qué ser un huerto privado de monjes; el saber nos hace más poderosos. Francis Bacon no es como los doctores de la Iglesia medieval; el saber no es cultivado en honor a Dios ni para solidificar la estructura piramidal de grupos sociales definidos para siempre. Para los pensadores renacentistas, hay que librarse de los rollos escolásticos y de los argumentos de autoridad. Hay que investigar, experimentar y pensar por cuenta propia. El más famoso ejemplo es Descartes, no solo para la historia de la filosofía, sino para sus contemporáneos. He ahí un espíritu libre. Su obsesión por la seguridad en tiempos inciertos corre en paralelo a su obsesión por la independencia. Es el último fruto del humanismo renacentista: quien depende de la autoridad ajena, al no ser dueño de su conciencia ni de sus acciones, no está a salvo. Incluso Hobbes, en su plan para crear un Estado moderno, piensa que la seguridad es la clave. El poder total del Estado no debe establecerse para que los gobernantes sean tiranos y hagan lo que les salga de sus caprichosas apetencias, sino para evitar que reine el caos en la sociedad. Si el Estado no cumple esa función y se convierte en un elemento de inseguridad social, entonces debe ser cambiado. El Estado ya no es un fin en sí mismo ni un otorgamiento divino. No es un contrato de vasallaje a modo de seguro contra las invasiones de pueblos vecinos. Ahora el seguro de vida hay que hacerlo contra el vecino. Lo social pierde valor frente a lo individual. Maquiavelo había desarrollado sus ideas al estilo romano; Hobbes va más allá y no se limita a desacralizar lo político, Se atreve a desacralizar lo social, lo grupal. Mientras Descartes "demuestra" que el yo es el fundamento incuestionable de la realidad, Hobbes expone que el individuo es el fundamento de la sociedad. Se aleja así de la visión clásica de Aristóteles, que entendía que lo social (la "polis") tiene prioridad ontológica sobre lo individual y sobre lo familiar. Esa visión les había servido de pretexto a los escolásticos, como Tomás de Aquino, para justificar que las relaciones sociales existentes se basan en lo natural y son lo bueno. Hobbes y Descartes inician así una ruta individualista en el plano teórico, a modo de correlato del ascenso de los negocios y de los burgueses. El futuro que se avecina en Europa no pertenece a la escolástica España, sino más bien a Holanda y a Inglaterra. Las imbecilidades de la Inquisición revelan que la resistencia católica es el canto del cisne de todo un modo de pensar y de vivir enfermo, envejecido y disfuncional. Abierta la senda cartesiana, hecha la propuesta de que cada cual de forma individual ha de inventarse su propio método, sus propios criterios para hacer seguro el viaje de la vida y de la ciencia, los siguientes filósofos reafirman, cada uno a su manera, el valor de este nuevo modo de pensar. John Locke llega tan lejos, que incluso se permite el lujo de defender la tesis de la tabla rasa: el individuo no le debe nada a la herencia; su ser se va haciendo en sus experiencias; al nacer no es más que un soporte sin nada que soportar. Mientras Locke se fija en las implicaciones pedagógicas y gnoseológicas de esta idea, que luego todos etiquetarán como empirista, en Inglaterra los burgueses cuya riqueza no se debe a la herencia aristocrática reivindican unas reglas políticas que no pongan trabas al espíritu del libre comercio. Un hombre demuestra quién es, no por sus padres, sino por sus obras. Y por su parte, viéndolo de otra manera pero yendo a parar a lo mismo, Baruch Spinoza explica que al individuo se le puede ir la vida al traste si se despotencia su ser, mientras que si su ser se potencia (cumpliendo con lo que quiere hacer, no con lo que le digan otros que debe hacer) entonces su vida cobra sentido. Los filósofos del siglo XVII iban así redescrubriendo y reinterpretando el epicureísmo y el estoicismo.
sábado, 1 de septiembre de 2018
Literatura y filosofía en los siglos XVI y XVII
Ilusiones que hay que denunciar, ambiciones que hay que usar como brújulas y la sensación de que filosofar tiene sentido porque consiste en razonar, en usar la razón cuando los cinco sentidos nos engañan con esas ilusiones que hay que denunciar: así se entremezclaban en la imaginación de los hijos de la galaxia Gutenberg, como en un mortero mágico, las ideas para la nueva época. Y mientras los filósofos miraban detrás de las apariencias, los literatos escribían historias acerca de que la vida es sueño o de que somos actores y la vida es una farsa. Entre los siglos XVI y XVII, tanto los filósofos (entre los que entonces estaban -en cierto modo- los filólogos y los científicos), como los novelistas, dramaturgos y poetas, el "mundo" servía de objeto de atención o, a veces, de excusa.
viernes, 16 de febrero de 2018
El humanismo de la Época Moderna.
Manuales de perfectos cortesanos, tratados acerca de cómo ser hábiles en el trato social, textos acerca de cómo mandar o de cómo mantener el poder, capítulos dedicados a admirar lo prudentes que eran los griegos y los romanos y lo bien que se cuidaban, no como el hombre que se desprecia a sí mismo, sino como hombres de verdad, capaces de seguir la luz filosófica, con sano orgullo, como decía Aristóteles, en busca de la de legítima felicidad, o, como aconsejaba Epicuro, cultivando el jardín propio, la vida que uno tiene: todo esto iba dando una cierta imagen de una época que después los historiadores llamarán Renacimiento, en la que el pensar filosófico, según dicen los textos autorizados, gustaba ahora de fijarse en lo humano. Acerca de lo humano hay tanto que decir que el mundo es como si se abriera de nuevo ante las posibilidades que las letras ofrecen. El europeo de los siglos XV, XVI y XVII imagina su potencia creadora en clave de letras escritas. No hay foros democráticos, no hay una sociedad que se autodeclare amante de la libertad de los ciudadanos como colectivo y a la vez de estos uno por uno cada uno de ellos con derecho a ser feliz y libre; queda, sin embargo, el mundo de los libros. Allí la imaginación tiene su lugar, su venganza y su peculiar libertad. Los pensadores de esta época lanzan en muchas direcciones sus dardos. Cuando a principios del siglo XVII Descartes escribe sus reglas para dirigir bien al sujeto, comienza afirmando que pensar y entender el objeto es valioso por lo que el objeto nos revela, pero sobre todo lo es porque hace mejor al sujeto: lo hace más inteligente, más capaz para vivir y para ser libre. En ese texto, Descartes aún no designa al sujeto como "sujeto" ni al objeto como "objeto", es un texto que precede al que luego le hará tan célebre, ese discursillo acerca del método en el que declara el derecho del "yo" a su libertad, un derecho que se ha ganado con justicia ontológica, pues es el sujeto y solamente el sujeto quien tiene conciencia de la realidad; así que en las Reglas para dirigir al sujeto, aunque aún no lo denomina "sujeto", inserta ese "descubrimiento". Se trata, desde luego, de un modo de resumir más de dos siglos de pensamiento humanista (más o menos desde la mitad del siglo XIV hasta el siglo XVI). Descartes, como hijo de su tiempo, logra una prosa elegante que reúne en pocas palabras cientos de ambiciones. De una sola tacada la luz enseña un mundo en el que ahí está la ciencia, ahí está el hombre luchando por liberarse, ahí están las costumbres morales y ahí están los peligros, los errores y las memeces. -- Erasmo de Rotterdam, Francis Bacon y otros habían pensado hábilmente acerca de las memeces humanas y del derecho precisamente humano que cada hombre tiene de llegar ser lo que realmente es. La filosofía había declarado la guerra sin que se notara demasiado a la sociedad que durante siglos había llenado de mierda, de miseria y de moralina represora a los habitantes de la cristiandad. No es, pues, de extrañar que los tribunales inquisitoriales tuvieran la sensación de que algo terrible se le venía encima a la Iglesia; de ahí que, con cualquier pretexto condenaran a algún sabio por afirmar alguna cosa acerca de cualquier cosa. El sistema se estaba rompiendo en varios puntos: 1) con la imprenta, los monjes perdían el monopolio de la difusión de libros; 2) el desarrollo de la filología universitaria se desligaba cada vez más de los argumentos de autoridad escolásticos; 3) la concepción del universo se convertía en tema científico y le daba como tal mil vueltas a la pobre e infantil mitología religiosa; 4) los artistas plásticos se ponían a estudiar: ya no valía cualquier cosa para representar la realidad, sino que había que saberla representar y, para ello, estudiar era imprescindible, estudiar, o sea, no ponerse a rezar; 5) retornaba, freudianamente, lo reprimido: fragmentos y textos de Epicuro, de los estoicos, de los escépticos, e incluso textos de Platón y Aristóteles que no encajaban en el sistema tomista, textos que abrían la mente a una realidad desconocida o demonizada por la Iglesia; 6) una nueva ciencia política se abría paso bajo la protección de monarquías cada vez más fuertes frente a las noblezas guerreras y eclesiásticas, vistas ahora como elementos de dispersión (Maquiavelo es el más famosos teórico a este respecto); 7) dentro de la Iglesia cobraban poder los críticos que pretendían sanearla y destruir sus ínfulas diabólicas, es decir, colocarla en un lugar más modesto y a la vez más eficaz: poner la fuerza determinante de la moral en la conciencia individual (Lutero); 8) el mundo musulmán era evidente que había ido perdiendo poder en relación con la cristiandad occidental: crecían las ambiciones para buscar rutas comerciales que hasta ahora únicamente conocían los árabes, crecían ambiciones para conquistar territorios nuevos y a la vez crecían las ambiciones por dominar lo terrenal y usufructuar sus placeres. --- Fue Nietzsche quien, siglos más tarde, se dio cuenta de lo mucho que se jugaba la cultura occidental en esas ambiciones. Pero antes que él, Spinoza, un brillante lector de Descartes, aseguraba que eso del bien es aquello que contribuye a aumentar la potencia del ser. Spinoza, a mediados del siglo XVII, se convertía en un enemigo más para la Iglesia. El humanismo entero parecía una enorme reflexión acerca de la idea de "filautía", usada por Aristóteles cuatro siglos antes de Cristo. La potencia del humanismo se prolongará más allá del siglo XVII llegando hasta nuestros días.
lunes, 6 de marzo de 2017
El teatro del escepticismo moderno (siglos XV-XVII)
Representemos el escepticismo moderno en tres actos: 1º) Conocer lo incognoscible es imposible, pero es posible conocer esta imposibilidad, es decir, saber que hay algo que no sabemos, y esto ya es algún tipo de conocimiento, una ignorancia conocida, una "docta ignorancia" (Nicolás de Cusa).
2º) Quien vive en su vida cotidiana creyéndose más listo de lo que es o pensando que son reales cosas que jamás ha visto, dogmatizando, aprendiendo o enseñando cosas irreales, confundiendo sus deseos con lo que realmente pasa, y, en fin, no dándose cuenta de que hay un infinito de cosas que desconoce, acaba convertido en el tonto de la casa, en el cornudo que es el último en enterarse de los cuernos que todo el mundo sabe que le han puesto, en el escolástico que cree acercarse al Cielo cuando repta entre silogismos ridículos. Lo sano es saber que uno no sabe (Michel de Montaigne).
3º) No daremos un paso adelante ni en la vida cotidiana ni en la ciencia mientras creamos saber lo que en realidad no sabemos. Dudar es sano y, como ya dijo Pedro Abelardo siglos atrás, por la duda iremos hacia el descubrimiento de la verdad. Podría yo ser engañado por un espejismo e incluso autoengañarme (como hoy en día dirían psicólogos como Goleman), e incluso podrían otros estar engañándome; pero si, en cualquiera de estos u otros casos parecidos, yo fuera consciente de esa posibilidad, al menos sabría algo que no puede ser pasto del engaño. Dudo de todo, así pues al menos ya sé una cosa. (René Descartes)
sábado, 24 de septiembre de 2016
El año 1500
Una de las características del pensamiento filosófico en la frontera entre lo que los historiadores llaman Edad Media y el Renacimiento es la chulería mental combinada con la fascinación por lo antiguo, si por antiguo entendemos lo referido a Grecia y Roma. Esta chulería contrasta con el viento del escepticismo que también viene de esa antigua época. Por una parte nos damos cuenta de qué poco sabemos, e incluso de que no sabemos nada de nada; pero por otra nos da por sentirnos mejores y nos parece que vamos descubriendo cosas que antes ignorábamos. -- La difusión de los libros crecerá de forma velocísima a partir de la imprenta. En los libros se contienen ideas y claves para ideas. En Italia está en marcha el Renacimiento. Su fuerza artística empuja a la vez el sentido científico que la teología no alcanza a santificar. La cosa de la verdad científica tiene más sentido a la luz del comercio de ideas y de mercancías que a la luz del Cielo ideal. La docta ignorancia viaja con la ambición. Lo terrenal inicia su música. La Europa cristiana se mira a sí misma en el espejo narrativo ahora que es fácil distribuir libros. Dentro de estos podemos contar cuentos pero también reflexionar acerca de ciertas técnicas y de lo que sea. El pensamiento halla su república en los libros.
martes, 13 de septiembre de 2016
El nominalismo: de la Edad Media al Renacimiento
Se ha atribuido al nominalismo una deriva que desemboca en la asunción de que una cosa es rezar, tener fe en la divinidad y comprender que respecto de ella nos es simplemente imposible comprender nada, y otra cosa es actuar en el ámbito humano, factible para nosotros, en el reino de lo comprensible y que naturalmente nos es manejable de algún modo. El final de la Edad Media más o menos encaja con un momento en el que la Escolástica cristiana compatibiliza la idea de que la teología racional culmina su jugada de forma negativa (nos es imposible saber algo acerca de la divinidad), dejando su espacio legítimo a la fe, con la idea política de que el ámbito de lo humano tiene derecho a expandirse dentro de sus límites. Es una idea política no solamente porque legitime el poder de las monarquías, sino porque también reabre el portón de la ciencia humanamente realizable. En paralelo, es una idea que hace juego con el reconocimiento de la búsqueda de los placeres intramundanos. Lo pecaminoso no es realmente eso que ciertos repertorios de castigos posibles anuncian como lo que no debe hacerse. En realidad, el hombre sabe muy poco y lo poco que sabe a este respecto deriva de revelaciones de origen incomprensible. Con palabras designamos cosas que a menudo están fuera de nuestro alcance. No sabemos bien lo que decimos saber. Bueno, por lo menos, intentemos averiguar algo de lo que quizá sí podamos entender e intentemos dejar de padecer males allí donde quizá sí podamos dejarlos. Esta idea termina el plan sin resolver su origen. De algún modo, todo ha de volver a comenzar en la filosofía. Así se plantea el asunto hacia los siglos XIV y XV. - No hay mucho que enseñar y sí mucho que aprender. Las escuelas de la escolástica cristiana, sin darse cuenta, regresan al punto socrático de la docta ignorancia. Quien descubre su ignorancia cambia su destino. De no hacerlo, es porque no había ningún destino, lo que a los efectos significa exactamente lo mismo. Quien descubre su ignorancia cambia el rumbo de sus decisiones.
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