martes, 26 de febrero de 2019
Independencia y seguridad: del Renacimiento al Barroco.
Desde una perspectiva marxista, es ingenuo mirar a ver en qué han estado pensando los filósofos sin de paso ver en qué sociedad han vivido. Esto no significa que el mundo de las ideas sea solamente un espejo del mundo de la realidad social, pero sí quiere decir que las ideas carecen de sentido en muy buena medida si no se sitúan en su contexto. El momento que marca el avance desde el siglo XVI hacia el XVII quiere ser entendido, desde este punto de vista tan sociológico, como una prueba evidente al respecto. Las ideas filosóficas se presentan como correlatos conceptuales de un mundo peligroso e incierto, en el que la burguesía se abre paso. Hay que hacer negocios y confiar en lo que hace más independiente a los individuos: la empresa, el dinero, las aventuras, los viajes y la experiencia. Eso de saber no es, no tiene por qué ser un huerto privado de monjes; el saber nos hace más poderosos. Francis Bacon no es como los doctores de la Iglesia medieval; el saber no es cultivado en honor a Dios ni para solidificar la estructura piramidal de grupos sociales definidos para siempre. Para los pensadores renacentistas, hay que librarse de los rollos escolásticos y de los argumentos de autoridad. Hay que investigar, experimentar y pensar por cuenta propia. El más famoso ejemplo es Descartes, no solo para la historia de la filosofía, sino para sus contemporáneos. He ahí un espíritu libre. Su obsesión por la seguridad en tiempos inciertos corre en paralelo a su obsesión por la independencia. Es el último fruto del humanismo renacentista: quien depende de la autoridad ajena, al no ser dueño de su conciencia ni de sus acciones, no está a salvo. Incluso Hobbes, en su plan para crear un Estado moderno, piensa que la seguridad es la clave. El poder total del Estado no debe establecerse para que los gobernantes sean tiranos y hagan lo que les salga de sus caprichosas apetencias, sino para evitar que reine el caos en la sociedad. Si el Estado no cumple esa función y se convierte en un elemento de inseguridad social, entonces debe ser cambiado. El Estado ya no es un fin en sí mismo ni un otorgamiento divino. No es un contrato de vasallaje a modo de seguro contra las invasiones de pueblos vecinos. Ahora el seguro de vida hay que hacerlo contra el vecino. Lo social pierde valor frente a lo individual. Maquiavelo había desarrollado sus ideas al estilo romano; Hobbes va más allá y no se limita a desacralizar lo político, Se atreve a desacralizar lo social, lo grupal. Mientras Descartes "demuestra" que el yo es el fundamento incuestionable de la realidad, Hobbes expone que el individuo es el fundamento de la sociedad. Se aleja así de la visión clásica de Aristóteles, que entendía que lo social (la "polis") tiene prioridad ontológica sobre lo individual y sobre lo familiar. Esa visión les había servido de pretexto a los escolásticos, como Tomás de Aquino, para justificar que las relaciones sociales existentes se basan en lo natural y son lo bueno. Hobbes y Descartes inician así una ruta individualista en el plano teórico, a modo de correlato del ascenso de los negocios y de los burgueses. El futuro que se avecina en Europa no pertenece a la escolástica España, sino más bien a Holanda y a Inglaterra. Las imbecilidades de la Inquisición revelan que la resistencia católica es el canto del cisne de todo un modo de pensar y de vivir enfermo, envejecido y disfuncional. Abierta la senda cartesiana, hecha la propuesta de que cada cual de forma individual ha de inventarse su propio método, sus propios criterios para hacer seguro el viaje de la vida y de la ciencia, los siguientes filósofos reafirman, cada uno a su manera, el valor de este nuevo modo de pensar. John Locke llega tan lejos, que incluso se permite el lujo de defender la tesis de la tabla rasa: el individuo no le debe nada a la herencia; su ser se va haciendo en sus experiencias; al nacer no es más que un soporte sin nada que soportar. Mientras Locke se fija en las implicaciones pedagógicas y gnoseológicas de esta idea, que luego todos etiquetarán como empirista, en Inglaterra los burgueses cuya riqueza no se debe a la herencia aristocrática reivindican unas reglas políticas que no pongan trabas al espíritu del libre comercio. Un hombre demuestra quién es, no por sus padres, sino por sus obras. Y por su parte, viéndolo de otra manera pero yendo a parar a lo mismo, Baruch Spinoza explica que al individuo se le puede ir la vida al traste si se despotencia su ser, mientras que si su ser se potencia (cumpliendo con lo que quiere hacer, no con lo que le digan otros que debe hacer) entonces su vida cobra sentido. Los filósofos del siglo XVII iban así redescrubriendo y reinterpretando el epicureísmo y el estoicismo.
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