viernes, 19 de septiembre de 2014
El extraño origen de la posible filosofía cristiana.
La noche del pensamiento fue fabricada en un instante que fue puesto como arma de repetición en una escena que se iba degradando a sí misma, fue fabricada en un instante que luego dio forma a una apariencia de vórtice ideológico que con los años se llamaría "cristiandad". ¿No es raro el caso si lo comparamos con todo lo que la filosofía había hecho hasta ese momento y que no era totalmente desconocido en el ambiente social en que esta nueva forma de concebir la esperanza, el cristianismo, se dejaba ver y veía lo que había? --- San Agustín escribió retorcida y bellamente, a veces con demasiado ritmo falso pero a veces con demasiada sinceridad, una sinceridad que el lenguaje convencional no permitía en sus fórmulas habituales. San Agustín representa el punto imposible que reúne la filosofía y la fe en el porvenir. No parece creíble que un oyente omnisciente al que llamaban Dios fuera lo que tenía que ser adorado en conformidad con el pacto quizá infame entre el poder político y el pujante cristianismo. Hacía ya muchos siglos que Heráclito o Jenófanes, Sócrates o Diógenes de Sínope, habían denunciado la manía de la gente de profanar lo divino, de antropomorfizarlo. Por broma casi, el cristianismo era la prueba de que los hombres no habían aprendido nada. ¿No quedaba claro que el salto desde el aquí mendaz e ilusorio, tantas veces cartografiado por Platón, hasta la simple verdad de las cosas, estaba siendo escondido bajo el manto de la santa vergüenza? --- Que la filosofía propiamente moría en el paso de los siglos III al VI es algo que podría discutirse sin afán historicista, sino más bien para saber si en efecto hubo en aquella filosofía algo que después no ha vuelto a darse. Sobre todo importaría entonces saber de qué se trata. En esos siglos, todo debía ser lo mismo, al menos en apariencia, pero cristianizado. Una política, pero una política cristiana. Un sistema de creencias más allá de lo terrenal, pero un sistema monoteísta. Una filosofía, pero una filosofía que perdiera el tiempo pensando cómo conjugar fe y razón.
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